Galletas de la suerte

El restaurante chino estaba lleno de cadáveres por todas partes: sobre las mesas, en postura fetal por el suelo, colgando de las sillas, atravesados entre la puerta y el comedor, en el servicio de cocina…
-¿Qué ha sucedido?-, preguntó el comisario mientras trataba de apelar a la lógica en vano.
-Parece ser que se ha generado un P12-, dijo el joven ayudante.
-¿Puede hablarme en cristiano?-, puntualizó molesto.
-Una situación generalizada de caos, con elementos aparentemente inconexos, señor-, tradujo mientras se ponía los guantes de latex para inspeccionar la escena del crimen.
Empezaron a inspeccionar las mesas: en la primera un joven ejecutivo con el pelo cortado a cepillo, yacía con la cara sobre la mesa después de haberse practicado un corte transversal en el abdomen con un cuchillo de cocina. A su lado había una galleta de la suerte abierta junto a un papelito.
-Mire-, dijo el novato sosteniendo el papel entre las manos.
-¿Qué?-, resopló.
-Pone “Hazte el harakiri”-.
-¿Y?-, dijo el comisario.
-No sé-.
Prosiguieron el siniestro trayecto. Esta vez se trataba de una mujer de mediana edad, que se había atragantado comiendo tallarines. También estaba echada sobre la mesa, con indicios de haberse arañado el cuello por la asfixia, y a su lado otra galleta de la suerte exhortaba: “Come hasta reventar”.
-No puede ser-, dijo el joven policía. -Son las galletas de la suerte. Los han inducido a morir-.
-No diga estupideces, ¿quiere?-, sentenció el comisario. -Nadie muere porque se lo diga una galleta-.
El impetuoso agente se lanzó frenético a toquitear todas las galletas de las mesas, a cada cual más premonitoria y fatalista: “Clávate los palillos en la garganta”, “Mata al comensal que tengas enfrente estrangulándolo con la cortina”, “Golpea a tu madre hasta que te sangren las manos”.
El comisario se secó el sudor de la frente con la servilleta de una mesa, donde el cuerpo sin vida de un adolescente lucía una botella de licor de flores insertada en el cráneo a través del ojo derecho. Cogió una galleta entera de la mesa y la abrió. Desenrolló el papelito con cuidado y lo leyó para si.
-Comisario, esto es muy raro. Venga aquí. No había visto jamás nada parecido, ni en las prácticas forenses ni en ningún sitio-, exclamó el joven policía aturullándose, tratando de tomar unas muestras del suelo en cuclillas, frente al cuerpo sin vida de un anciano al que habían decapitado, golpeándole violentamente la cabeza con un dragón chino de piedra maciza.
El viejo policía dejó la galleta sobre la mesa y se le acercó por detrás amartillando su pistola reglamentaria. -Soy todo oídos-.

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¡Escupe el sol!

Esteban estaba tumbado en la pared de la terraza. Tumbado a lo largo de la pared, quiero decir. Boca arriba y con los ojos cerrados, y la boca tan abierta que le cabía dentro un puño. Parecía un reclamo de moscas cojoneras, que no eran pocas aquella tarde de junio, eterna y pesada. Un anticipo de la canícula a destiempo, que es casi como una patada en las pelotas sin avisar (avisada también jode, pero no es igual).
Los chicos estaban tirados en el suelo de la terraza. El sol languidecía detrás de la tapia que delimitaba aquella porción de tierra ofrecida al sol, desde un decimonoveno piso. Toda la ciudad se levantaba alrededor, como una manada de dinosaurios de hierro, cemento y cristal.
Los chicos se sentían como en un recreo suspendido en mitad del aire. Allí arriba. Tomando el sol en calzoncillos y sin nada que hacer. Tarde tras tarde era lo mismo.
Se quedaron mirando a Esteban. El sol se ponía por detrás de su cabeza de un modo que, si guiñabas uno de los dos ojos (preferentemente el izquierdo), parecía que se “metía” por la boca abierta del chaval.
-No te muevas-, le decían. Pero él no se movía porque estaba medio dormido.
De repente asistieron al milagro: el sol, pequeño como una bola de chicle, en perspectiva, se introdujo en la garganta de Esteban. Entonces él cerro la boca y tragó. Y se hizo de noche de golpe y porrazo. Una noche negra como una cartulina negra. Imposible de explicar con palabras.
Los chicos se sobresaltaron y fueron hacia él.
-Esteban. ¡Que te has tragado el sol!-.
-¿Qué?-, preguntó él desconcertado.
Las recomendaciones abarcaban toda la gama de improbabilidades:
-Tose-.
-Escupe-.
-Intenta mear-.
-Provócate una arcada-.
-Haz lo que sea, pero por favor, devuélvenos el sol-.
Esteban se acercó con parsimonia a la tapia. Miró a sus compañeros, miró hacia la calle, cogió carrerilla y lanzó un gapo que llenó de luz todo el firmamento celestial. Desde aquel día, todos los relojes van atrasados 3 minutos: el tiempo que el sol estuvo dentro de la barriga de Esteban.

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La matanza

Es la matanza del cerdo. El sol está arriba, bien alto, como un plato hondo rebosante de fideos y sopa de pollo, con trocitos de huevo e hígado. Los niños corretean entre las mesas, dando vueltas alrededor de los manteles a cuadros, forrados de plástico para que la sangre no los manche. Un perro bosteza. Hace frío. Los porrones de vino se afilan al sol, orinando en las gargantas bien abiertas; atinando en plena glotis.
Las mujeres sale de misa con la cabeza espesa. Pasa una bandada de pájaros por encima del grupo humano. Alguien hace una hoguera tímida, que tiembla con el viento, como los fogones de gas cuando uno pasa corriendo por su lado. Un gallo canta a destiempo.
El chico de la Milana está comprometido con la Basilia, la hija del panadero. Es una chica alta, morena, con las piernas blancas como la masa antes de entrar al horno.
-Está demasiado flaca-, dicen los demás muchachos, pero es guapa. Tiene una cara que parece pensada. Con los rasgos dispuestos de un modo extraño, que al principio choca, pero luego atrae más conforme la recompones en casa dándole vueltas, y después al verla tiene algo que echa por tierra lo que has pensado pero a la vez lo confirma. Le da un lustre raro al recuerdo.
Le gusta bailar en la Cooperativa los domingos por la tarde. Se planta en medio, cerca de la mesa donde juegan a las cartas, y él se levanta y la coge de la cintura. Y bailan cosas de antes. Porque ahora allí es casi antes. Y no les gusta lo nuevo. Desconfían de todo lo que huele a fuera, y a los grupos que vienen a las verbenas les siguen llamando “conjuntos forasteros”.
La Basilia no tiene buena fama. Los muchachos de la timba le llenan al chico de la Milana la cabeza con figuraciones. Le hacen darle vueltas a ideas que le hierven la sangre y no traen nada bueno. Al final ha llegado a creerse que flirtea con todos. Que se sienta en primera fila de misa de doce para ver de cerca al santo, que tiene fama de guapo. Un San Cristóbal moreno, con una barba de pelo de verdad, que parece que está todo vivo cuando le da la luz de la claraboya justo encima.
El santo tiene una oreja carcomida y el corazón de una niña en un frasco a sus pies; se la comió un jabalí cuando tenía doce años y el corazón está igual desde entonces. Es un corazón que nunca ha conocido el desencanto.
El chico de la Milana le regaló hace tiempo un anillo a la Basilia. Le tocó en herencia de su madre. Fue lo único que le tocó cuando murió. Además de una corrala vieja sin animales ni nada.
A su madre se la comió un cáncer caníbal; le salió un hormiguero en mitad del pecho. Lo vieron en las radiografías. Hormigas negras como monedas de duro que le subían por dentro y le mordían de noche. A él le da miedo que se le coman las hormigas y por eso, cuando nota un cosquilleo en el esternón, se fuma un cigarro. Siempre por la noche. Para matar a las hormigas.
Ella llevaba el anillo muy orgullosa cuando hacían meriendas con las otras parejas, pero desde hace dos semanas él no se lo ve puesto. El chico de la Milana le da vueltas al tema y se pone malo. Le dicen que se ve con el porcatero; que quedan de noche detrás de la balsa.
Él sospecha algo, pero no lo dice. Cómo va a decir nada, con lo buena que es la Basilia con él, que le hace bizcochos de vino y lo lleva a la ermita a mirar el pueblo desde fuera.
Un día no pudo aguantarlo más y le preguntó directamente. -Lo perdí en el lavadero-, le dijo entre sollozos la Basilia. Y los dos se abrazaron y se quedaron mucho rato quietos sin decirse nada.
La matanza pone nervioso al chico de la Milana. No soporta el sonido de los puercos cuando mueren. Todo el pueblo está en el descampado, y el aire levanta los plásticos de los manteles. Se bebe mucho antes y después de matar a los cerdos, pero la combinación de aire, sol y vino hace que a la gente le suba a la cabeza una burbuja que les borra el entendimiento.
La Basilia está borracha y se deja magrear por los amigos del porcatero y por él. Los amigos del chico de la Milana observan la escena apretando los dientes.
-¿No vas a hacer nada?-, le preguntan sin quitar la mirada de la Basilia.
-No-, dice él.
Uno de la panda del porcatero coge el cuchillo con la diestra para matar al cerdo. Al abrirlo en canal chilla como un bebé cuando nace.
-Es curioso-, piensa el chico de la Milana. -Se hace el mismo ruído al venir que al irse-.
Al sacarle las tripas uno de los mozos sonríe: -Mirad. Me ha tocado la lotería-. El anillo de la Basilia asoma entre la tanda, como un apéndice brillante. Todos se ríen de un modo extraño, desaforado. El sol pega fuerte. El chico de la Milana no se encuentra bien. Se está empezando a marear.

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Surtidores

No recuerda cuándo empezó a coleccionar surtidores de caramelos Pez, pero le cuesta asociar recuerdos de felicidad aislados de la sensación de haber adquirido un modelo nuevo de sus dispensadores de caramelo favoritos.
-¿Cuál es el mejor sabor?-, le pregunta la niña rubita de ojos saltones, columpiándose sobre el pupitre.
-Cereza. Sin lugar a duda. Sabe a todos los veranos que no has vivido todavía-.
-Yo prefiero el de naranja-, dice ella con el morro torcido.
La primera vez que hizo el amor con una chica, llevaba un dispensador en forma de Dinamita Joe, relleno de caramelos de limón. El sexo desde entonces le sabe dulce y ácido. Y cuando sus dientes atraviesan el esmalte azucarado de una de esas pastillitas cuadradas y blancas, su polla se expande hasta notar algo parecido a una erección.
Ella en cambio recuerda perfectamente cómo empezó a acumular dispensadores. Cuando cumplió los once años cayó enferma de sarampión. Tuvo que guardar cama durante un par de semanas y su tía le regaló el primer surtidor de caramelos que recuerda haber visto jamás: era una figura marrón de E.T. el extraterrestre, con una base en forma de piececitos marrones. Las pastillas eran de fresa y sabían como ningún otro caramelo que había probado jamás. Se lo regalaron el primer día que pisó la calle después de estar recluída en su casa, y el sabor de los caramelos se le antoja como el sabor del sol de invierno calentándole la cara camino del colegio.
Ambos rozan la cincuentena. Ambos se acaban de conocer en el autobús. Les ha sorprendido el hecho de que ambos han cogido la misma línea inter-estatal sin saber muy bien por qué; movidos por un impulso que no saben explicar.
Ambos llevaban en el bolsillo sendos surtidores de caramelos Pez “reconvertidos”. Ese es el término que los coleccionistas de surtidores utilizan para referirse a los modelos que han sido manipulados por sus propietarios con fines estéticos o artísticos. Lo que hace peculiarmente inquietante la reconversión de estos, es que tanto el de élla como el de él guardan un asombroso parecido con los rasgos físicos del otro.
-Es igual que tú-, dice élla. -No sé cómo lo hice. O sea, empecé a modelarlo con un estilete partiendo del modelo de Papá Pitufo, que tiene esa barba canosa como tú… Pero no sé porqué me puse a ello-.
-Yo tampoco-, dice él fascinado. -Me desperté a mitad noche y cogí uno de los dispensadores que sacaron en edición limitada por los Cuatro Fantásticos, el de la mujer invisible, y le pinté el pelo de rojo, como el tuyo. Luego rasgué sus ojos con un pequeño cutter y moldeé los pómulos con un destornillador caliente, pintándolos a continuación del tono de tu piel-.
El autobús se adentra en un valle profundo y desértico. Las ciudades y las gasolineras quedan atrás, y con ellas todo rasgo de civilización. Poco a poco los asientos se van vaciando hasta quedar los dos solos.
Rocas polvorientas, molinos abandonados, cactus exuberantes coronados de flores de un púrpura intenso, y cadáveres de animales secándose al sol. Ni siquiera hay vallas publicitarias ni botes de cerveza vacíos echados por el suelo.
El autobús sube una loma y se detiene. -Última parada-, dice el conductor mirándolos fijamente a través del retrovisor. Los dos cogen sus cosas, encogidos como dos chiquillos, y bajan a trompicones del vehículo, que arranca levantando una pesada nube de arena y guijarros tras de si.
-¿Y ahora qué?-, pregunta él.
El viento levanta un puñado de arena que se les mete en los ojos, y de pronto se escucha una voz gutural a lo lejos, a través de un megáfono. -Vamos-, dice élla. Ambos echan a andar, apretados el uno contra el otro, muertos de frío, y tras media hora caminando por el monte, llegan hasta un claro, donde unos cirujanos bastante sui géneris, iluminados por unos rudimentarios grupos electrógenos de hospital de campaña, practican unas extrañas operaciones en serie, a un puñado de individuos que parecen haber venido de sitios muy dispares. Tíos con traje de chaqueta, parejas de jóvenes pijos con el jersey echado sobre la camisa arremangada, operarios de las obras de la autopista… Todos forman una fila india perfectamente delimitada, y conversan alegremente hasta que son, sucesivamente, anestesiados, intervenidos y dejados en unas mugrientas colchonetas de gimnasio, donde no tardan en volver en si.
Los pacientes que recobran el conocimiento se ponen en pie torpemente, y se levantan palpándose la garganta de un modo instintivo. -Me he reconvertido-, les dice uno de ellos al pasar por su lado sonriente, y acto seguido echa la nuca hacia atrás, y expulsa un caramelo del tamaño de una pastilla de jabón a través de un orificio transversal practicado a la altura de la traquea.

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Piñata

“La piñata es una olla de barro o de cartón llena de cacahuates, naranjas, mandarinas, cañas, dulces, jícamas, tejocotes. La olla esta forrada de papel china y con picos de cartòn.
El significado de la piñata es el siguiente: La piñata es el diablo y sus picos los 7 pecados capitales. Pasa un niño con los ojos vendados y su palo es la Fe, ciega e inquebrantable, listo para vencer al diablo, que es romper la piñata. El contenido de la piñata son todas las bienaventuranzas que se ganan al vencer el diablo”

Emilio “Cararrajada” Guijentes fue el más sanguinario de cuantos criminales se conocieron en Veracruz. Se comía a los niños por docenas. Los horneaba como cochinillos en un pozo de puritita piedra, usando como “leña” perros muertos a pedradas. Y en lugar de vino tomaba la sangre de los aldeanos que cazaba empleando solo sus manos desnudas.
Medía cerca de tres metros y tenía unos ojos rojos tan intensos y luminosos, que dicen que sus víctimas se quedaban ciegas durante horas si se los miraban directamente.
Era tan inmenso, que una vez, después de que su caballo lo echara al suelo, encabritado por una picadura de una víbora, lo mató de un puñetazo en la boca, desfigurándole la cara como si fuera de arcilla húmeda.
El ejército lo ajustició en su propia casa, después de que se comiera cruda a la hija de un general. Gastaron en fusilarlo lo mismo que en toda la guerra contra los franceses. Aún puede uno encontrar casquillos de bala si se acerca a donde cuentan que lo mataron.
Desde entonces los campesinos platican que en las noches de luna llena, Emilio “Cararrajada” va por los pueblos como una piñata de apariencia humana, rellena de las almas de los infelices a los que ajustició, y que nunca podrá descansar en paz por tener en su alma un purgatorio tan grande.
-¡Híjole! ¿Y qué pasó después, abuelo?-, preguntó el niño con los ojos abiertos de par en par.
-¿Después de qué?-, dijo mientras atizaba el fuego con una vara. -Es sólo un cuento, menso. Agárrese bien los pantalones y largo a dormir, si no quiere quedar bien retaco-.
En la habitación de Marito las sombras se antojaban aterradoras representaciones de Teatro Chino dotadas de vida propia. El cuello arrugado de una camisa, con la luz oscilante de la ventana incidiéndole por detrás, proyectaba algo parecido a la cara de una bruja de perfil, sonriendo con la insistencia maligna de una gárgola de piedra. El ladrido de Sonso, el perro de los Cortez, peleando con una lata, y levantando arena en el patio, era el único sonido. De repente, el ladrido del animal cambió de tono. Un golpe seco y un aullido apagado, casi un quejido de pena, cesaron con los ladridos de Sonso. Marito notó un calambre en el corazón. Se dió la vuelta en la cama y se puso de pie, asomándose por un resquicio de los postigos. La visión no era muy buena, pero no cabía duda. Allí estaba Emilio “Cararrajada”, comiéndose al perro con la luna llena, como un plato vacío, de fondo. Levantándolo entre sus manos deshilachadas y putrefactas, como si bebiera a morro de un botijo.
Marito corrió a la cama de su abuelo, pero al abrir la puerta sólo encontró un rastro de sangre que se perdía en mitad del pasillo. Sin pensar en lo que había sucedido salió al patio. “Cararrajada” estaba relamiéndose los dedos sanguinolentos.
-¡Maldito! ¡Mató a mi abuelo y a Sonso! ¡Se los haré pagar!-, gritó Marito con el cuello, menudo y moreno, hinchado por la ira.
-Jajaja-, río el monstruo a carcajadas, dejando escapar silbidos de aire por los miles de agujeros de bala que atravesaban su carne descompuesta.
Marito salió corriendo a buscar el palo de piñata que su abuelo guardaba en un rincón del almacén donde trabajaba, ornamentando espejos de hierro en forma de soles ardientes. “Cararrajada” corrió tras de él y lo acorraló en una esquina.
Dispuesto estaba a hincarle el diente a Marito cuando una voz se escuchó. Era una voz de niña.
-Emilio. Mira lo que eres-. El “Cararrajada” se giró y se vio reflejado en un espejo. Toda la habitación estaba recubierta de pequeños espejitos de mano, espejos grandes de salón, de sobremesa… En cada uno afloraba la voz de una de las víctimas del “Cararrajada”.
-Es la primera vez que alguien me llama Emilio… en mucho tiempo-, dijo desconcertado.
-Mírate al espejo-, dijo otra voz. Y Emilio obedeció. Hacía más de un siglo que no se miraba a si mismo. Y el reflejo que devolvía el cristal era el de un monstruo grotesco; una piñata humana de carne corrupta. Emilio retrocedió y se puso a llorar. Entonces Marito salió de la penumbra y le asestó un golpe con el palo que le dió de lleno en la cabeza, abriéndosele con una gran luz, y provocando una lluvia de caramelos, frutos secos y chocolatinas que llenó el almacén hasta el techo, aplastando los cristalitos de las paredes hasta romperlos.

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