Es la matanza del cerdo. El sol está arriba, bien alto, como un plato hondo rebosante de fideos y sopa de pollo, con trocitos de huevo e hígado. Los niños corretean entre las mesas, dando vueltas alrededor de los manteles a cuadros, forrados de plástico para que la sangre no los manche. Un perro bosteza. Hace frío. Los porrones de vino se afilan al sol, orinando en las gargantas bien abiertas; atinando en plena glotis.
Las mujeres sale de misa con la cabeza espesa. Pasa una bandada de pájaros por encima del grupo humano. Alguien hace una hoguera tímida, que tiembla con el viento, como los fogones de gas cuando uno pasa corriendo por su lado. Un gallo canta a destiempo.
El chico de la Milana está comprometido con la Basilia, la hija del panadero. Es una chica alta, morena, con las piernas blancas como la masa antes de entrar al horno.
-Está demasiado flaca-, dicen los demás muchachos, pero es guapa. Tiene una cara que parece pensada. Con los rasgos dispuestos de un modo extraño, que al principio choca, pero luego atrae más conforme la recompones en casa dándole vueltas, y después al verla tiene algo que echa por tierra lo que has pensado pero a la vez lo confirma. Le da un lustre raro al recuerdo.
Le gusta bailar en la Cooperativa los domingos por la tarde. Se planta en medio, cerca de la mesa donde juegan a las cartas, y él se levanta y la coge de la cintura. Y bailan cosas de antes. Porque ahora allí es casi antes. Y no les gusta lo nuevo. Desconfían de todo lo que huele a fuera, y a los grupos que vienen a las verbenas les siguen llamando “conjuntos forasteros”.
La Basilia no tiene buena fama. Los muchachos de la timba le llenan al chico de la Milana la cabeza con figuraciones. Le hacen darle vueltas a ideas que le hierven la sangre y no traen nada bueno. Al final ha llegado a creerse que flirtea con todos. Que se sienta en primera fila de misa de doce para ver de cerca al santo, que tiene fama de guapo. Un San Cristóbal moreno, con una barba de pelo de verdad, que parece que está todo vivo cuando le da la luz de la claraboya justo encima.
El santo tiene una oreja carcomida y el corazón de una niña en un frasco a sus pies; se la comió un jabalí cuando tenía doce años y el corazón está igual desde entonces. Es un corazón que nunca ha conocido el desencanto.
El chico de la Milana le regaló hace tiempo un anillo a la Basilia. Le tocó en herencia de su madre. Fue lo único que le tocó cuando murió. Además de una corrala vieja sin animales ni nada.
A su madre se la comió un cáncer caníbal; le salió un hormiguero en mitad del pecho. Lo vieron en las radiografías. Hormigas negras como monedas de duro que le subían por dentro y le mordían de noche. A él le da miedo que se le coman las hormigas y por eso, cuando nota un cosquilleo en el esternón, se fuma un cigarro. Siempre por la noche. Para matar a las hormigas.
Ella llevaba el anillo muy orgullosa cuando hacían meriendas con las otras parejas, pero desde hace dos semanas él no se lo ve puesto. El chico de la Milana le da vueltas al tema y se pone malo. Le dicen que se ve con el porcatero; que quedan de noche detrás de la balsa.
Él sospecha algo, pero no lo dice. Cómo va a decir nada, con lo buena que es la Basilia con él, que le hace bizcochos de vino y lo lleva a la ermita a mirar el pueblo desde fuera.
Un día no pudo aguantarlo más y le preguntó directamente. -Lo perdí en el lavadero-, le dijo entre sollozos la Basilia. Y los dos se abrazaron y se quedaron mucho rato quietos sin decirse nada.
La matanza pone nervioso al chico de la Milana. No soporta el sonido de los puercos cuando mueren. Todo el pueblo está en el descampado, y el aire levanta los plásticos de los manteles. Se bebe mucho antes y después de matar a los cerdos, pero la combinación de aire, sol y vino hace que a la gente le suba a la cabeza una burbuja que les borra el entendimiento.
La Basilia está borracha y se deja magrear por los amigos del porcatero y por él. Los amigos del chico de la Milana observan la escena apretando los dientes.
-¿No vas a hacer nada?-, le preguntan sin quitar la mirada de la Basilia.
-No-, dice él.
Uno de la panda del porcatero coge el cuchillo con la diestra para matar al cerdo. Al abrirlo en canal chilla como un bebé cuando nace.
-Es curioso-, piensa el chico de la Milana. -Se hace el mismo ruído al venir que al irse-.
Al sacarle las tripas uno de los mozos sonríe: -Mirad. Me ha tocado la lotería-. El anillo de la Basilia asoma entre la tanda, como un apéndice brillante. Todos se ríen de un modo extraño, desaforado. El sol pega fuerte. El chico de la Milana no se encuentra bien. Se está empezando a marear.
La matanza
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Surtidores
No recuerda cuándo empezó a coleccionar surtidores de caramelos Pez, pero le cuesta asociar recuerdos de felicidad aislados de la sensación de haber adquirido un modelo nuevo de sus dispensadores de caramelo favoritos.
-¿Cuál es el mejor sabor?-, le pregunta la niña rubita de ojos saltones, columpiándose sobre el pupitre.
-Cereza. Sin lugar a duda. Sabe a todos los veranos que no has vivido todavía-.
-Yo prefiero el de naranja-, dice ella con el morro torcido.
La primera vez que hizo el amor con una chica, llevaba un dispensador en forma de Dinamita Joe, relleno de caramelos de limón. El sexo desde entonces le sabe dulce y ácido. Y cuando sus dientes atraviesan el esmalte azucarado de una de esas pastillitas cuadradas y blancas, su polla se expande hasta notar algo parecido a una erección.
Ella en cambio recuerda perfectamente cómo empezó a acumular dispensadores. Cuando cumplió los once años cayó enferma de sarampión. Tuvo que guardar cama durante un par de semanas y su tía le regaló el primer surtidor de caramelos que recuerda haber visto jamás: era una figura marrón de E.T. el extraterrestre, con una base en forma de piececitos marrones. Las pastillas eran de fresa y sabían como ningún otro caramelo que había probado jamás. Se lo regalaron el primer día que pisó la calle después de estar recluída en su casa, y el sabor de los caramelos se le antoja como el sabor del sol de invierno calentándole la cara camino del colegio.
Ambos rozan la cincuentena. Ambos se acaban de conocer en el autobús. Les ha sorprendido el hecho de que ambos han cogido la misma línea inter-estatal sin saber muy bien por qué; movidos por un impulso que no saben explicar.
Ambos llevaban en el bolsillo sendos surtidores de caramelos Pez “reconvertidos”. Ese es el término que los coleccionistas de surtidores utilizan para referirse a los modelos que han sido manipulados por sus propietarios con fines estéticos o artísticos. Lo que hace peculiarmente inquietante la reconversión de estos, es que tanto el de élla como el de él guardan un asombroso parecido con los rasgos físicos del otro.
-Es igual que tú-, dice élla. -No sé cómo lo hice. O sea, empecé a modelarlo con un estilete partiendo del modelo de Papá Pitufo, que tiene esa barba canosa como tú… Pero no sé porqué me puse a ello-.
-Yo tampoco-, dice él fascinado. -Me desperté a mitad noche y cogí uno de los dispensadores que sacaron en edición limitada por los Cuatro Fantásticos, el de la mujer invisible, y le pinté el pelo de rojo, como el tuyo. Luego rasgué sus ojos con un pequeño cutter y moldeé los pómulos con un destornillador caliente, pintándolos a continuación del tono de tu piel-.
El autobús se adentra en un valle profundo y desértico. Las ciudades y las gasolineras quedan atrás, y con ellas todo rasgo de civilización. Poco a poco los asientos se van vaciando hasta quedar los dos solos.
Rocas polvorientas, molinos abandonados, cactus exuberantes coronados de flores de un púrpura intenso, y cadáveres de animales secándose al sol. Ni siquiera hay vallas publicitarias ni botes de cerveza vacíos echados por el suelo.
El autobús sube una loma y se detiene. -Última parada-, dice el conductor mirándolos fijamente a través del retrovisor. Los dos cogen sus cosas, encogidos como dos chiquillos, y bajan a trompicones del vehículo, que arranca levantando una pesada nube de arena y guijarros tras de si.
-¿Y ahora qué?-, pregunta él.
El viento levanta un puñado de arena que se les mete en los ojos, y de pronto se escucha una voz gutural a lo lejos, a través de un megáfono. -Vamos-, dice élla. Ambos echan a andar, apretados el uno contra el otro, muertos de frío, y tras media hora caminando por el monte, llegan hasta un claro, donde unos cirujanos bastante sui géneris, iluminados por unos rudimentarios grupos electrógenos de hospital de campaña, practican unas extrañas operaciones en serie, a un puñado de individuos que parecen haber venido de sitios muy dispares. Tíos con traje de chaqueta, parejas de jóvenes pijos con el jersey echado sobre la camisa arremangada, operarios de las obras de la autopista… Todos forman una fila india perfectamente delimitada, y conversan alegremente hasta que son, sucesivamente, anestesiados, intervenidos y dejados en unas mugrientas colchonetas de gimnasio, donde no tardan en volver en si.
Los pacientes que recobran el conocimiento se ponen en pie torpemente, y se levantan palpándose la garganta de un modo instintivo. -Me he reconvertido-, les dice uno de ellos al pasar por su lado sonriente, y acto seguido echa la nuca hacia atrás, y expulsa un caramelo del tamaño de una pastilla de jabón a través de un orificio transversal practicado a la altura de la traquea.
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Piñata
“La piñata es una olla de barro o de cartón llena de cacahuates, naranjas, mandarinas, cañas, dulces, jícamas, tejocotes. La olla esta forrada de papel china y con picos de cartòn.
El significado de la piñata es el siguiente: La piñata es el diablo y sus picos los 7 pecados capitales. Pasa un niño con los ojos vendados y su palo es la Fe, ciega e inquebrantable, listo para vencer al diablo, que es romper la piñata. El contenido de la piñata son todas las bienaventuranzas que se ganan al vencer el diablo”
Emilio “Cararrajada” Guijentes fue el más sanguinario de cuantos criminales se conocieron en Veracruz. Se comía a los niños por docenas. Los horneaba como cochinillos en un pozo de puritita piedra, usando como “leña” perros muertos a pedradas. Y en lugar de vino tomaba la sangre de los aldeanos que cazaba empleando solo sus manos desnudas.
Medía cerca de tres metros y tenía unos ojos rojos tan intensos y luminosos, que dicen que sus víctimas se quedaban ciegas durante horas si se los miraban directamente.
Era tan inmenso, que una vez, después de que su caballo lo echara al suelo, encabritado por una picadura de una víbora, lo mató de un puñetazo en la boca, desfigurándole la cara como si fuera de arcilla húmeda.
El ejército lo ajustició en su propia casa, después de que se comiera cruda a la hija de un general. Gastaron en fusilarlo lo mismo que en toda la guerra contra los franceses. Aún puede uno encontrar casquillos de bala si se acerca a donde cuentan que lo mataron.
Desde entonces los campesinos platican que en las noches de luna llena, Emilio “Cararrajada” va por los pueblos como una piñata de apariencia humana, rellena de las almas de los infelices a los que ajustició, y que nunca podrá descansar en paz por tener en su alma un purgatorio tan grande.
-¡Híjole! ¿Y qué pasó después, abuelo?-, preguntó el niño con los ojos abiertos de par en par.
-¿Después de qué?-, dijo mientras atizaba el fuego con una vara. -Es sólo un cuento, menso. Agárrese bien los pantalones y largo a dormir, si no quiere quedar bien retaco-.
En la habitación de Marito las sombras se antojaban aterradoras representaciones de Teatro Chino dotadas de vida propia. El cuello arrugado de una camisa, con la luz oscilante de la ventana incidiéndole por detrás, proyectaba algo parecido a la cara de una bruja de perfil, sonriendo con la insistencia maligna de una gárgola de piedra. El ladrido de Sonso, el perro de los Cortez, peleando con una lata, y levantando arena en el patio, era el único sonido. De repente, el ladrido del animal cambió de tono. Un golpe seco y un aullido apagado, casi un quejido de pena, cesaron con los ladridos de Sonso. Marito notó un calambre en el corazón. Se dió la vuelta en la cama y se puso de pie, asomándose por un resquicio de los postigos. La visión no era muy buena, pero no cabía duda. Allí estaba Emilio “Cararrajada”, comiéndose al perro con la luna llena, como un plato vacío, de fondo. Levantándolo entre sus manos deshilachadas y putrefactas, como si bebiera a morro de un botijo.
Marito corrió a la cama de su abuelo, pero al abrir la puerta sólo encontró un rastro de sangre que se perdía en mitad del pasillo. Sin pensar en lo que había sucedido salió al patio. “Cararrajada” estaba relamiéndose los dedos sanguinolentos.
-¡Maldito! ¡Mató a mi abuelo y a Sonso! ¡Se los haré pagar!-, gritó Marito con el cuello, menudo y moreno, hinchado por la ira.
-Jajaja-, río el monstruo a carcajadas, dejando escapar silbidos de aire por los miles de agujeros de bala que atravesaban su carne descompuesta.
Marito salió corriendo a buscar el palo de piñata que su abuelo guardaba en un rincón del almacén donde trabajaba, ornamentando espejos de hierro en forma de soles ardientes. “Cararrajada” corrió tras de él y lo acorraló en una esquina.
Dispuesto estaba a hincarle el diente a Marito cuando una voz se escuchó. Era una voz de niña.
-Emilio. Mira lo que eres-. El “Cararrajada” se giró y se vio reflejado en un espejo. Toda la habitación estaba recubierta de pequeños espejitos de mano, espejos grandes de salón, de sobremesa… En cada uno afloraba la voz de una de las víctimas del “Cararrajada”.
-Es la primera vez que alguien me llama Emilio… en mucho tiempo-, dijo desconcertado.
-Mírate al espejo-, dijo otra voz. Y Emilio obedeció. Hacía más de un siglo que no se miraba a si mismo. Y el reflejo que devolvía el cristal era el de un monstruo grotesco; una piñata humana de carne corrupta. Emilio retrocedió y se puso a llorar. Entonces Marito salió de la penumbra y le asestó un golpe con el palo que le dió de lleno en la cabeza, abriéndosele con una gran luz, y provocando una lluvia de caramelos, frutos secos y chocolatinas que llenó el almacén hasta el techo, aplastando los cristalitos de las paredes hasta romperlos.
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Sueño de monocromo loco
Intento poner orden en una montaña de viejas cintas de caset, tirado sobre la cama, que en realidad es un colchón muy grande, sin funda y con una gran mancha reseca en medio, que parece una cara de Belmez (Underground). Las cintas, digo, parecen salidas del rastro: cada una es de un padre (a cada cual más antigua, abundando las compactas azules y amarillas), y se encuentran en un estado lamentable: el contenido de las bobinas se enreda y se entremezcla entre si, como si fuesen un zarajo inmenso de tripas magnéticas, y de un modo tan aparatoso que no sirve de nada intentar separarlas, sino para romperlas en el intento; y las carcasas están medio sueltas y dejan asomar componentes, como pequeños muelles y esponjillas de espuma. Es imposible manejar todo ese material basuril, y el tiempo se me echa encima mientras intento grabar una recopilación contrarreloj. El equipo de música tampoco ayuda: no es más que una antigualla hecha con retales de otros equipos, de distintas épocas, tamaños y colores; como si lo hubiesen sacado de la ambientación de una fabela piniculera. Huele a fritanga y da la sensación de que no va a funcionar en la vida. Intento darle a play pero no sé cómo se usa. Las teclas no se quedan hundidas ni a la de tres, y los controles del equipo de música me suenan a chino mandarín. Además, las luces de los indicadores están manchadas de pintura de spray, y el trasto se asemeja más a una inmensa caja negra de avión que a un hifi de persona normal. Dándole golpes y accionándolo finalmente de un modo intuitivo, lo único que logro es desesperarme y enfangarme aún más, destrozando las cintas, que revientan al ponerlo en marcha por casualidad, dejando ver los intestinos de serpentina marrón, entre sonidos chirriosos e irreconocibles. Huele a plástico quemado y me siento terriblemente frustrado, como si acabara de perder algo irrecuperable y no hubiera forma humana de hacerlo regresar. Entretanto la cinta rota sigue girando y comienza a crecer en torno mío, como una enredadera de celofán viviente. El monstruo de papel magnético me sube por los orificios nasales, sin mostrar por mi parte ni un ápice de resistencia, y se me enreda en la garganta, como unas vegetaciones, hasta asfixiarme. Lo último que escucho es, como José Sirgado, el runrun del motor del equipo diciendo adiós.
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Confesiones de un artista de provincias (II)
Hace mucho frío en este país y nosotros tenemos bolo en Requena, microclima sin piedad que siempre saca nota a la hora de hablar de mínimas en nuestra Comunidad -seguida muy de cerca por Ademuz-, ese conglomerado de provincias que trae en jaque a la denostada economía nacional. Menos mal que vamos en el coche de Marc, y que además entiende de poner cadenas, porque sino no sé qué haría (viajar en bus, supongo, o proyectarme astralmente en el cuerpo de alguien, a distancia). Tampoco me aclaro a la hora de sonorizarme, colocar los pedales de la guitarra y otras cosas que no vienen al caso, pero él siempre está ahí. Yo a cambio le pierdo la cejilla en los sitios más inverosímiles. Así soy. Vivo en el limbo creativo (risas enlatadas). No sé que haría sin ti, “Greenwer”.
Esta semana he estado escuchando las demos de las canciones nuevas (de algunas afortunadamente ya hay toma uno en condiciones en casa de Marc). Las grabé en cinta de caset con una Danelectro a toda hostia -la que sale en el clip de Cambiada- y un ampli Vox, en días sueltos, desde finales de la primavera pasada hasta hace unos días. Es un poco caótico almacenar cosas en cinta, porque se me olvida qué he grabado, se mezclan apuntes raros con canciones enteras, y después me cuesta encontrar las cosas que de verdad me valen. Al final me las tengo que escuchar del tirón y hacer papelitos con los nombres provisionales de las canciones para poder encontrarlas, porque sino es un coñazo (todas son de la misma marca y todas son iguales). Así que TENGO QUE COMPRARME UN MAC, coño. Y, que conste, no es por publicitar al finado tecnogurú capitalista de la manzanita (nota al pie: si no han leído la ucronía futurista “Mesías” de Gore Vidal encontrarán en él un aterrador paralelismo entre Steve Jobs y el protagonista). También lo necesito para poder hacer cosas de manera autónoma con los clips en los que andamos trasteando Javi y yo (o recientemente, con mi amigo Arturo Ferrer, con el que acabo de montar el de “Sin Ministerio”, cuya imagen adjunto abajo del todo).
Ayer por la noche fui con mi novia al Star a ver Juan De Los Muertos. SABÍA que iba a ser mala, pero no intuía cuánto. Tengo la firme creencia de que las pelis de zombis y casquería, y los autocines, son dos conceptos que funcionan mal de manera autónoma, pero que forman un tándem imbatible. Me equivoqué. Nos helamos de frío y acabamos huyendo antes de verla terminar. Yo me tomé la experiencia como un previo, como esas vueltas de campana que dan los astronautas en atracciones de feria ultracaras de la NASA para prepararse antes de salir al espacio real. Hoy proseguiremos con la gira afrontando el frío siberiano y listos para machacar cuatro fechas en el lapso de una semana. Joder, se me están helando los pies de pensarlo.
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